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Templo de Apolo, en Delfos

 

 

 

A través de los siglos, el Hombre ha tratado, de una manera u otra, de conocer su futuro ya sea inmediato o lejano. Con diferentes variantes para conocerlo, los griegos interpretaban las intenciones de los dioses por el vuelo de las aves, los movimientos de las llamas, incluso por la forma de las entrañas de los animales. Pero llegó un momento en el que los oráculos eran mucho más exactos y venerados que cualquier otro tipo de formas adivinatorias.

Los oráculos más famosos de la Antigüedad griega fueron los de Delfos, Dodona, Trofonio y Latonia, siendo los robles parlantes de Dodona los más antiguos. También los hubo de menos importancia: en Claros y Didyma, en Grecia; en el oasis de Siwa, en Libia; en Buto, Egipto; en Sardis, Asia y en otros lugares del mundo antiguo. Si bien es difícil determinar la génesis de las profecías oraculares, es conocido que muchas de las cuevas y fisuras utilizadas en los oráculos griegos ya eran consideradas sagradas mucho antes del nacimiento de la cultura griega.
De ahí que se piense que en la zona de Delfos había un oráculo de Gea (personificación de la Madre Tierra), que pronunciaba profecías en el interior de una cueva sagrada, a unos once kilómetros del lugar actual. Este oráculo se llamó originalmente Pitón, por ser la morada de la gran serpiente de ese nombre, fabulosa criatura surgida del barro dejado por el dilubio que destruyó a todos los seres humanos excepto Deucalión y Pirra.

A partir del siglo 10 a. C., Gea fue sustituida por un nuevo y poderoso dios, introducido por los nuevos invasores, los dorios. El nuevo dios era llamado Apolo, hijo de Zeus y de Leto, hija de un Titán. Era también llamado Délico, de Delos, la isla de su nacimiento. Solía otorgar el don de la profecía a aquellos mortales a los que amaba, como a la princesa troyana Cassandra.

La conquista de Delfos por el nuevo dios fue sangrienta. Apolo , después de escalar el Parnaso, mató a la enorme serpiente llamada Pitón que custodiaba el santuario de Gea y calló su cuerpo en la fisura del oráculo.  Pero en memoria de la serpiente y de Gea, Apolo quiso que una mujer fuera la sacerdotisa principal y la llamó Pitia, también conocida como Sibila, que ofrecería sus oráculos desde una roca.

Después de ser bendecida por Apolo, el espíritu de Pitón permaneció en Delfos como elemento propio del vencedor, y fue con ayuda de sus efluvios que las sacerdotisas podían entrar en contacto con el Dios.

Con el tiempo, de esta piedra se pasó a una cabaña construida con laureles, el primero de los sies templos de Apolo.

Para los griegos, Delfos era el centro del mundo. Marcando este punto exacto en el templo por una piedra, el omphatos (ombligo).

La palabra oráculo aúna tres significados: el que se refiere a la sacerdotisa que comunica las profecías, el que da nombre a las mismas profecías, y por último el que indica el lugar en el que se pronuncian esas profecías. A pesar de lo increible de la afirmación, el oráculo de Delfos pronunció sus profecías durante unos 1.000 años.

Las Sibilias o Pitias

No se conoce casi nada de las mujeres que servían como oráculo y cuyas profecías influían determinantemente sobre la vida de la antigua Grecia.

Un innumerable ejército de visitantes fue a Delfos durante miles de años para recibir los oráculos. Sin embargo no se ha encontrado un sólo relato presencial acerca de estos encuentros con la pitia. Igualmente escasas son las pruebas visuales que muestren a la pitia en su tarea. Sólo se conoce un dibujo en una vasija clásica.

Se sabe que los primeros oráculos de Delfos fueron atractivas jóvenes vírgenes, fueron llamadas Febades o Pitias, constituyendo la famosa orden. Una de estas jóvenes pitias fue secuestrada o enamorada por un suplicante. Desde aquel incidente, sólo las mujeres de mediana edad eran elegidas para desempeñar este trabajo. Mujeres normales, campesinas o sin especiales dotes.

Junto con Apolo, Dionisos, el dios del teatro y el vino, también era venerado en Delfos. Cada año, en el santuario de las montañas, resonaban las ceremonias estáticas y secretas de sus sacerdotisas.

En sus orígenes, el santuario de Delfos recibía visitantes un día al año, el 7 de febrero, cumpleaños de Apolo. Pero en el siglo VI a. C., era tan grande su fama, que la pitia respondía a los ruegos de los visitantes nueve veces al año, una vez al mes entre febrero y octubre.

Su trabajo exigía gran dedicación, llegando a estar tres pitias disponibles para ayudarse las unas a las otras, en los días de más trabajo.

La preparación para el trabajo consistía, principalmente, en rituales y sugestión psicológica.

Al atardecer, acompañada de dos sacerdotes, el oráculo se bañaba en el torrente Castalia, considerada fuente de inspiración divina y ayunaba. En el interior del templo de Apolo, las pitias bebían sólo de la fuente de Cassotis, cuyas aguas llegaban a través de unos caños con forma de cabeza de león.

Mientras los suplicantes, venidos de lugares tan distantes como Africa o lo que conocemos ahora como Francia, también hacían sus preparativos, también se bañaban en el torrente Castalia, y realizaban un ritual para conocer si su dios Apolo deseaba responder sus preguntas. El ritual consistía en llevar una cabra al altar, derramarle un cubo de agua sobre la cabeza, y ver si tiritaba, si lo hacía, esa era la señal afirmativa: Apolo quería responder.
En ese instante, la pitia tomaba hojas de laurel, que se suponía que eran las fuentes del trance, cosa que no es cierta, pues algunos clasicistas han llegado a tomar gran cantidad de laurel y no se han sentido en trance, sino más bien victimas de un gran dolor de estómago, ya que la planta tiene una gran proporción de ácido.

Cuando la pitia había terminado el proceso de purificación, era conducida hacía el trípode, cuyos pies simbolizarían los tres períodos de tiempo controlados por Apolo, pasado, presente y futuro. La verdadera causa de su transformación era que ha medida que inhalaba los vapores se transformaba como si su cuerpo fuera poseído por un espíritu. Luchaba en contra de eso, tiraba de sus vestiduras y gritaba. Cuando las ramas de laurel que tenía en sus manos comenzaban a agitarse, los suplicantes acompañados de un hossi o sacerdote, eran invitados a entrar. Tras calmarse y adoptar una postura majestuosa, con los ojos perdidos en un punto fijo, pronunciaba las palabras proféticas.

Las predicciones eran dadas en forma de versos hexámetros, pero eran frecuentemente ambiguas y algunas veces incomprensibles. Cada sonido emitido, cada movimiento de su cuerpo, era tomado en cuenta por los cinco hossi, hombres santos, que hacían de escribas registrando los detalles de la adivinación. Estos eran designados de por vida y seleccionados de los descendientes directos de Deucalión.

Cuando la predicción era dada, la sibila o pitonisa regresaba a trance para que el espíritu la dejara en libertad.
Esta forma de deliberación y traducción de las predicciones por parte de los hossi es más que probable y pausible, puesto que Delfos era el centro internacional donde confluía la información más reciente. Podían haber estado extremadamente informados sobre el mundo y ser capaces de hacer unas predicciones muy exactas y útiles.
Este es un punto de vista racional, capaz de explicar el misterio de Delfos. Pero es una explicación que no termina de satisfacer a la mayor parte de los investigadores.

La realidad sobre el oráculo es bien distinta, pues sólo una pequeña cantidad de predicciones son auténticas. De los 535 oráculos analizados por el clasista Joseph Fontenrose, sólo 75 fueron juzgados históricos (aquellos registrados al tiempo que fueron dados, frecuentemente en placas de estaño, fueron atestiguados por un escritor vivo en el tiempo de los sucesos). Fontenrose llegó a la conclusión de que muchos de los oráculos fueron basados en historias de épocas pasadas, interpolados con el folclore, o con propósitos literarios. Entre los cronistas antiguos fue común fabricar profecías después de los hechos o reubicar los oráculos a lugares más convenientes en el registro histórico. De las 75 respuestas históricas que estudió Fontenrose, únicamente dos ofrecían claras predicciones de futuro.

Muchos personajes del mundo clásico hubieran considerado impía la búsqueda de un conocimiento previo de los eventos. Ellos creían que la Humanidad tenía su ser dentro de la matriz del Ser Divino, y que nuestros destinos no eran lo bastante propios como para pretender determinarlos y controlarlos. Desde su punto de vista la correcta acción espiritual es la de alinearse con el gran destino y promover sus intenciones a través de la recta acción. Así se serviría tanto a los propósitos divinos como a los personales. El oráculo ofrecía una fuente de revelación y guía para el conocimiento de la voluntad de los Grandes Realizadores, los Dioses.

Grandes filósofos y los oráculos

Grandes filósofos del mundo antiguo consideraban sagrados los oráculos, Sócrates usaba guías, tales como los vuelos y cantos de los pájaros, etc., que le hacían seguir sus oráculos. Estaba convencido de recibir consejos de una voz interior, su daimon. Sócrates aseveraba que los temas que se encuentran ocultos a los mortales debían ser los únicos llevados a los dioses para su iluminación.

Por otro lado, Platón utilizó los oráculos como las piezas centrales de sus ciudades ideales. En La República y las Leyes, se describía a los líderes consultando a los oráculos como guía para construir templos, venerar a los dioses y promover canales de comunicación entre los humanos y el mundo invisible. Para Platón, la tarea más importante de toda comunidad era la de establecer las relaciones con lo sacro.

La caída de Delfos

Hacía el siglo II d. C., Delfos no era más que silencio, se vio desplazado por lo primeros cristianos, que decidieron terminar con él. Describieron los trances de Delfos en términos prácticamente pornográficos, como un tipo de posesión sexual y de espíritus infernales. De estas historias se nutrió en gran medida la imagen delirante y salvaje que mostró la pitia.

Sorprendentemente hubo un último intento de revivir el oráculo de Delfos: Juliano el Apóstata, llamado así por ser el último emperador romano que se opuso al cristianismo, añoraba el retorno a la religión de los griegos, describiéndola como una aventura del alma y un camino hacia dios.

En el 362 d. C., un emisario enviado por él a Delfos encontró a una pitia que aún estaba allí y pidió el último oráculo. El propósito del emperador fue el de ayudar a revivir el famoso oráculo. La leyenda menciona que cuando el emisario preguntó que se podía hacer para restaurar el santuario, recibió dos respuestas, una que anunciaba su muerte y otra que rezaba de la siguiente manera: “Di al rey que la gran casa ha caído. Apolo ya no tiene su morada, ni brotes de laurel sagrado; las fuentes están silenciosas, las voces están calladas”. Estas palabras fueron comunicadas como la proclamación final de las sacerdotisas.

Y aunque Teodosio, en el 394 d. C., destruyó todo lo que quedaba de Delfos, su mística fue siendo poderosa a través de los siglos, tal es el ejemplo de la Sibila de Delfos, pintada por el renacentista Miguel Angel.

Quizás el final del santuario fue de lo más predecible, por los tiempos que corrían, pero si hacemos caso a sus orígenes mitológicos, tal vez encontremos algo que nos parezca más idílico. El santuario de Delfos pertenecía originalmente a Gea, la generadora primordial y sustentadora de la vida, venerada por milenios. Delfos permaneció como oráculo de la Tierra aún después de que el Sol-Apolo la reemplazara como patrono. El abrió una grieta en los misterios del mundo subterráneo a través de los sueños y visiones. La inspiración Gea-mántica era accesible a todo aquel que podía recibirla.

En 1891 arqueólogos franceses encontraron los restos del sueño humano por descrubrir y comprender los designios de los dioses: El Templo de Delfos.

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